martes, noviembre 14, 2006
Confesionario
LA iglesia estaba abierta y también mis ganas, llevábamos dos horas hablando de sexualidad y las complicaciones de la falta de tiempo…
Hace dos años que lo conozco, en esa época venia saliéndose del seminario, el celibato no fue algo fácil de mantener y la novicia tubo un aborto espontáneo (así fue que se enteró de que estaba en cinta), un chico alegre, muy buen mozo, de rasgos bastante fuertes, muy varoniles, de grandes manos, piel morena, ojos grandes y muy negros, labios gruesos y un pelo ensortijado que claramente dejaba ver sus genes afro americanos.
Tenía que entrar, las fotografías que me habían encargado no podían esperar, José conocía al párroco y le pidió autorización para entrar.
Abrió las puertas, la luz era muy tenue, solo la luz del altar resalta fuertemente, las butacas alineadas, el pasillo, un festín para la fotografía, la luz del sol se colaba por los pequeños vitrales de las ventanas, José esperaría lo que fuera necesario, así que me tomé el tiempo para hacer buenas tomas.
Cuando me voltee para hacer una toma desde el altar a la puerta, vi que él estaba sentado en una de las butacas finales, muy cerca del confesionario, me miraba trabajar.
Luego de terminar, me senté a su lado a disfrutar del silencio, hice la ultima toma del confesionario, era una pieza preciosa, labrada en madera oscura, con una puerta en el lugar dónde debiese estar el sacerdote, con una ventana de vidrio biselado que no permitía ver el interior. José no hablaba, observaba todo, le pregunté que pensaba y me respondió que lo que más le llamaba la atención de seguir la vida religiosa, era la confesión, siempre había pensado que historias escucharía, pero nunca llegó a saberlo.
Vamos, yo me confieso, le dije cerrándole un ojos, nadie nos vería, pero le
advertí que lo que iba a escuchar podría provocarle stress confesional… se rió de buena gana y me siguió el juego, entró y cerro la puerta, de rodillas al otro lado, comencé a contarle una de mis aventuras, mientras a todo el respondía “ajá”, de pronto abrió la puerta, me tomó la mano y me llevó dentro, su sexo estaba enhiesto y me lo ofrecía en la estrechez de ése cubículo, al entrar tomó mis senos, los apretó, los desnudó y comenzó a lamerlos, morderlos, los alternaba, los besaba a la vez, luego metió su mano entre mis piernas, estaba húmeda, lista para lo que el quisiera, metió uno de sus dedos a la boca, me decía lo bien que le sabía mi humedad, lo metí nuevamente en mi, lo movía en mi clítoris, mientras yo trataba de liberarme de mi tanga, cada vez veía más enorme su sexo, moreno, venoso, quería morderlo, pero el espacio no permitía mayor movimiento, me senté en sus piernas, sentía como hervía su sexo y el mío juntos, aun sin penetrarme…
En eso una parroquiana golpeó la ventanilla y él respondió “ave María purísima”… la confesión seguía mientras el apretaba mis pechos, no sé como logré safarme de él, como logré entrar entre sus piernas.
El respondía con un “ajá” a cada chisme de la mujer en confesión, mientras “Mariquita le dijo que Juanita, había visto a Rosarito besando al marido de Nora”, yo le daba sexo oral como si el mundo se estuviese acabando, luego ya no la escuché más, José se retorcía, apretaba mi cabello, contenía la respiración… “Yo te absuelvo de tus pecados, reza un padrenuestro y un avemaría en el altar y luego márchate a tu casa”, le dijo… se puso de pie, me atrajo a su cuerpo, me puso mirando a la pared y me envistió por detrás como un salvaje, con una mano apretaba mi clítoris contra su sexo, con la otra me tomaba los senos mientras me mordía el cuello, lo sentí explotar mientras yo gemía despacio de puro gusto que él me estaba dando, luego me regresó a mirarlo de frente, mientras me besaba en los labios, me decía que quería seguir, pero en un lugar más cómodo, tocaba mi sexo lleno de su jugo y mordía mi oreja, le respondí que estaba de acuerdo, que saliéramos de ahí, el subió sus pantalones y salió a entregar las llaves, yo no podía creer que había hecho todo eso en un espacio que no supera el metro por lado, cuando yo salí, la mujer seguía de rodillas en el altar, José me esperaba con una gran sonrisa, en la camioneta que ya estaba puesta en marcha.
Describe Melissa Naranjo ::
8 Seducidos?
Gimen mientras disfrutan...
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